viernes, 14 de noviembre de 2008

- GUITARRA -

Entrecerró los ojos y sus pestañas magicaron esa realidad que la rodeaba.
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El telón hecho con el olor de los jazmines se tornaba invisible. Las bambalinas, transparentes como cristal de aire brillaban con oros inexistentes. Todo estaba preparado. El auditorio esperaba con inquieta pero respetuosa impaciencia.
Ella no se hizo rogar.
Con ademanes firmes subió la escalerita silla y con un par de pasos alegres se plantó en medio de aquél magnífico escenario mesa.
El menudo público aplaudió, desde sus butacas banquito o caso simplemente cola en el suelo, con adelantado fervor.
Con la decisión y entusiasmo de quien sabe lo que hace empuñó la escoba guitarra. El mástil de áspera madera, la caja de pajas gastadas de través y el cordaje colorido..., verde..., rojo....verde otra vez... y amarillo, cobraron vida en sus larguiruchos brazos y nadie del infantil auditorio dudó un instante en que esa era la mejor de todas las guitarras.
Luego del silencio correspondiente, comenzó a cantar. Su voz clara y dulce se elevó desde una imaginaria partitura, y con la fiel memoria de los niños cantó, de un tirón y sin saltearse una estrofa, aquella vieja zamba que tanto le gustaba escuchar en boca de su madre... “Ha muerto el indio poeta / silencio le hacen lo herques / y en los arroyos de Anta / lloran los sauces su muerte...” Acorde final con aplausos y ojos de asombro ante tamaña habilidad. Ojitos llenos de admiración y orejitas llenas de ...”¡Queremos más...!”
Siguieron entonces, con generosidad, “Zamba de mi esperanza” y “La pulpera de Santa Lucía”. Completado el repertorio, saludó con una graciosa reverencia, que descargó una cascada de rubios bucles en el aire. Sentía en su corazoncito un tic-tac emocionado. Feliz y con el garbo y dignidad de una estrella abandonó el escenario mesa, con su guitarra escoba firme en sus manos.

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Separó lentamente sus pestañas, como temiendo perder aquella tierna estampa de una niñez modesta, con escasos medios y abundantes sueños. Cincuenta años después, se irguió en su cómodo sillón y abrió su cuaderno de partituras. Con un gesto casi distraído aún de recuerdos, tomó la flamante y lustrosa guitarra, templó sus cuerdas, entrecerró sus ojos, sintió contra su pecho aquella vieja escoba.... Y lloró.


Rodolfo Augusto Nasta