miércoles, 10 de diciembre de 2008

- La papa de Sartre -


Nadie hubiera pensado que en esos años iba a comenzar a Ser.
Su forma se dibujaba un tanto borrosa entre los perfiles ajenos, y nadie en realidad daba mucho por él: casi inadvertido, casi parecido, casi ido. O sea eso: casi todo..., apenas más que nada
Su esencia era otra cosa. Y así lo pensaba él después de haber leído a Sartre: “Lo importante es la papa que da forma a la bolsa. La bolsa..., la bolsa es otra cosa.” Pero de todas maneras, ni a él lo conformaba aquél alarde de sapiencia existencialista. Él quería Ser. Y que los demás lo supieran y valoraran. Muchas veces se había preguntado: “¿Y para qué mierda quiero que lo sepan, qué me importan los demás?” Años después supo, luego de muchos titubeos, que lo real e importante era que entre aquellos “demás” estaba Ella. Y justamente, lo que está demás sobra. Y sólo quedaba ella, que no era “los demás”. Era.

Fue allí, preñado de ese sortilegio de llamarse a verdad, que comenzó a Ser, para él y para el resto.. Ya poco le importaba la trascendencia a la comunidad. Creo que en realidad derecho viejo no le importaba. Pero sí, con silencioso entusiasmo, con súbita fuerza, enfiló toda su artillería intelectual hacia el objeto de sus quereres: nada más ni nada menos que hacia ella.

¡Ah!..., ella...

“Sin memorias, sin dolores,
con luces sonrisa y brillos ojos
con manos apenas caricias
y labios apenas besos
estás aquí...”,

la pensaba.

Temió, obviamente que se le escapara de los sueños y se trasladara, de repente y sin aviso, hacia su realidad. Eso implicaba el riesgo del conocimiento, el descubrir las verdades humanas de cada uno de los dos, y por tanto el riesgo del fracaso. Pero también era probable que la realidad fuese hermosa, atrapante, solapadamente seductora, que después de beberla y saber que no se saciaría jamás, podría temer sin vergüenzas el después, el final, los adioses...
Se preguntó otra vez: “¿Por qué pensar por la negativa...? ¡Vamos boludo, lárgate y sé feliz!””
Y se largó, como nunca en su vida lo había hecho. La papa de Sartre rompió la bolsa y salió al mundo a brillar de amor, a provocar alegrías, asombros y claro, como suele suceder en esos casos, no pocas envidias. La papa de Sartre se echó a rodar hacia su destino, promisorio de las más fantásticas emociones, de los más estrepitosos arrumacos, de los más, más, y más...
Pero llovió.
Y Ella no llegó la cita.
Y todo el mundo sabe lo que pasa con las papas cuando llueve.



Rodolfo Augusto Nasta
Paraná, 2008