viernes, 12 de junio de 2009

- Brindis solo... -


Habían transcurrido apenas diez minutos del miércoles 3 de junio de este año 2009.
Los primeros diez minutos de mis primeros sesenta y dos años.
Algunos reconfortantes llamados en los iniciales segundos de mi cumpleaños. Algunos SMS. Gente querida que se acercó y que me regocijó el alma. Es bueno saber que alguien piensa en darnos la sorpresa de un madrugador saludo.
Al rato me senté en mi sillón favorito. Mi equipo de audio pareció mirarme como lamentándose por sus leds apagados. Yo lo miré, viejo compañero de más de una noche de vuelos nocturnos. Me levanté, puse el CD de María Bethania que tanto me gusta. Me fui al aparador y saqué la copa más linda (última de un juego acribillado por el tiempo). Descorché el malbec. Prendí un cigarrillo desaconsejado.
Entonces sí, el ritual estaba completo.
Me dejé estar… El vino fue coloreando mi mente casi en blanco. Me puse a pensar…
Más tarde, escribí esto:

Tienes
la coloratura
de mi fantasía.
el sabor
de mis recuerdos.
la edad
de mis ansias.
la temperatura
de mis venas
la fragancia
de mi compañía
o la graduación
de mi soledad.
No importa tu cepaje
o las vides
que te nacieron:
estás aquí
hamacado
en la copa
por mis dedos,
durmiéndote
en mis sueños,
creciéndome
en los versos.

lunes, 1 de junio de 2009

Orden en los cajones...


¿Qué hacer con tus cartas…?,
último vestigio
de esa gentil costumbre
de la escritura manuscrita.
No es fácil ese pequeño
edificio de papel que debe
caber en un sobre.
No es fácil concatenar
cada ladrillo palabra
sin dudas ni enmiendas;
y en apretada síntesis,
perfumada de olores
propios del obrero escribiente,
hacer crecer la caricia voladora,
o la lanza de los celos,
la tersura de la buena noticia,
o la aspereza de las penas.

¿Qué hacer con tus cartas…?,
último refugio del ayer,
empaquetado e ignorado
con premeditado olvido
que esconde su siempre presente

Un día de estos
llegaré a la puerta
del edificio de correos.
Mis manos temblorosas
entregarán el paquete
(papel madera, piolín y broches rojos),
para retornarte
en un último sismo de amor
todas las turbaciones del ayer.

¡Quién tuviera
el aviso de retorno
de tus ojos asombrados!