sábado, 24 de septiembre de 2011

Un libro como tantos otros...



Parecía a simple vista un libro como tantos otros.
Nada era llamativo en su diseño, en su gráfica.
Según sabía se trataba de una novela de trama intrigante y atrayente.
Pidió un café y se puso a indagar las páginas, con la perezosa complacencia que da el placer de la buena lectura. Lástima, ya no se podía fumar en aquél bar…
Comenzó con el ritual de encontrar en la solapa los datos del autor. La contratapa le develó apenas la trama de la historia. Cumplidos esos previos, se preparó al fin a bucear entre las páginas.
Algo sucedió entonces…
Poco a poco las letras de molde comenzaron como a desvanecerse sin razón alguna. Los primeros párrafos comenzaron a dispersarse ante su vista. El atisbo de la historia fue perdiendo resonancia en su intelecto.
Algo sucedía. Sólo atinó a recorres las páginas con un leve roce de sus dedos. La realidad del entorno lo separaba de la idea de estar ciego. ¿Pero entonces…?
Un leve aroma se mezcló con el resabio de la ya vacía taza del café. Una fragancia apenas insinuada. Quedó a solas con el libro entre sus manos.
De pronto, lentamente, comenzó a leer aquello que sus ojos no veían. Lo paginó con un éxtasis casi impropio de su edad. En un momento dado fue todo tan nítido, tan claramente revelado que casi tuvo miedo. Pero era un miedo dulce y apacible como una buena noticia demorada.
Entonces supo que ese no era el lugar adecuado. Pagó la cuenta y marcho hacia la calle con el libro bajo el brazo, apretado a su costado.
Apuró el paso. La calle se llenaba de crepúsculo.
Rato después, en su lugar de siempre, con solo el silencio como toda compañía, volvió a abrir el pequeño volumen.
Allí supo la llave del misterio.
Ella estaba en esas páginas. Por allí habían pasado sus manos de ávida lectora. Y su táctil e invisible huella perduraba. Seguramente en prolongada vigilia, había recorrido aquellas páginas. Y un dejo de su perfume las llenaban todavía.
Se quedó dormido finalmente libro en mano, teniendo las de ella entre las suyas; respirando en un semisueño imaginario la levedad de su perfume.
Nunca hubiese querido ser ciego. Pero en ese momento no le habría importado.


Delirio de bar con “su” libro o con ella, quién sabe…
Paraná, 23 de febrero de 2011.