jueves, 10 de noviembre de 2011

Como me veo hoy como escritor...(o una forma de rememorar el nacimiento de mi blog)

No es fácil reclamarse a sí mismo la obligación de definirse. Si realmente fuera escritor se supone podría hacerlo con soltura.

Distintas etapas meditativas sobre el supuesto escritor que soy, en caso que lo sea, cosa que dudo. Terco ensuciador de hojas, o sea depredador de bosques; contaminador del medio ambiente, con chatarra electrónica. Al menos pienso que al otro medio ambiente restante no lo contaminaré sino que le voy a dar abono. Diría mi amigo Spinoza, transformaré esta materia que soy en otra, quién sabe con mayor potencia creadora.

Antes era el papel, tinta y sueños. Hoy es teclado, el “guord”. Y los pensamientos alineados. Alineados como soldaditos de plomo, estucados por los ocres colores de las cuentas a pagar, la mutual que no funciona, el cuerpo que rezonga.

A veces se me ocurre que hoy miro el paisaje de mi vida de forma diferente. Cuando “más” joven, me apostaba en altas torres desde donde divisaba casi hasta el infinito cualquier cosa. Luego me instalé tras amplios ventanales contemplando la inmensidad de mis paisajes. Hoy, de día, miro desde mi reino de propiedad horizontal, rectángulos de rio e islas a lo lejos. De noche, copa en mano, y el no recomendado delicioso cigarrillo, abro sigiloso un ojo de buey a mis adentros. Y allí, y sólo a veces, puedo contar lo que creo ver.

Siempre el amor tuvo algo que ver con lo que he escrito. Y el amor en mí está hecho por todas la mujeres que amé, y también por aquellas que me han desamado. Jodida cosa esta, donde los sueños se van encogiendo hasta que algún día quepan en una caja de madera necrológicamente ornamentada. Pero entonces ya no va a importar.

Quisiera escribir menos y decir más. Relatar mi paisaje urbano pegado al río. Amo la mesa del bar tanto como le esquivo a la incomodidad de las hormigas bajo un sauce, que a tantos de mi entorno inspiran. Es mucho más confiable ese pequeño mar de madera aromado de café. En el me siento esencialmente yo. Mirando los rostros que pululan dentro, imaginando historias, suponiendo encuentros, en caso que tuviese el valor de proponerlos. Me quedo en mi silla. No se puede fumar en los bares de esta ciudad de mierda. Los pasos tranquilos me devolverán cuando sea tiempo a mi hogar de las alturas. Y a la noche insistiré en espiar por ese ojo de buey, mientras la suave ginebra acaricia mis labios (como si fueran los suyos), la música me llena (como si fueran sus brazos), y el tabaco me consume como si fuera la brasa que busco hace años para incendiarme en ella. Cuando me aburro me voy a dormir.

Y como diría (o dijo) Benedetti, “resumiendo, estoy jodido y radiante… y viceversa”.

Fin.
Se terminó el café.
En una mesa frente a la mía hay una señora con cara de nada que no ha dejado de observarme, curiosa de ver a alguien escribiendo. ¿Qué pensará? Quizá que soy un pobre tipo que huye del insoportable quilombo de su casa para escribir tranquilo en el delicioso quilombo de un bar. O acaso me piense un digno discípulo de Vinicius De Moraes. No sabe, ni sabrá, qué es lo que me mueve a luchar hoy con mi intelecto. Se irá a su casa con la duda. Quizás eso le llene el tedio de su rutina cotidiana y le ponga una pizca de incógnita en su mustio rostro.

Si así fuera, este intento de escribir tendrá sentido.