domingo, 8 de enero de 2012

Cuando se siente la ausencia



Si se reuniera todo lo escrito sobre la ausencia, seguramente se lograría una gigantesca colección de gruesos volúmenes.
Algunos escritos míos figurarían quizá en tan extraña antología.
Pero hoy, en este enero del año 2012, a mi veterana edad cronológica, y en mi sensible visión de la vida, quizá un tanto más adolescente; hoy, yo digo, afirmo, que sobre la ausencia no se puede escribir.
Quizá se puedan des-cribir ausencias. Las de las novelas románticas. Las de amorosas crónicas de los largos viajes en la antigüedad. Acaso de cuando se nos perdió, allá en la infancia, nuestro perro a quién amábamos.
Pero la ausencia que se vive desde adentro. La de “otro-que-no-está”…, esa es imposible.
Podría estar horas enteras frente a mi computadora escribiendo. Seguramente lograría con mi veteranía en este oficio de escribidor, llenar varias páginas de desgarradores lugares comunes. Puede alguien descreer de esto, y hasta respeto esa opinión, pero basta con ponerse a observar un día cualquiera de transcurrir una ausencia y seguramente nos damos cuenta de que es imposible escribir sobre ella.
El no-estar nos acompaña como nuestra respiración, en un acto tan involuntario como necesario.
El primer bostezo de la mañana. El desayuno mirando la sola taza sobre el mantel. El resto de las actividades del día, con ese gnomo irónicamente juguetón que nos habita. Lo llevaremos al bar, a la casa de generosos amigos. Irá en nuestro interior cuando salgamos a hacer cosas que lo sofoquen. Es inmune. Ahí va a estar, nos guste o no.
A transar entonces en esa convivencia con la ausencia. A hacer pactos de no agresión. Será parte de nuestras cotidianas acciones y se irá acostumbrando a este raro estar en nosotros. A la vez, en nuestro interior deberemos buscarle un lugarcito cómodo. No se puede hacer más
Pero algo es definitiva y fatalmente cierto: no podré escribir sobre ella.
Se asemeja a mis entrañas. Las siento, pero no las veo. Nos necesitamos mutuamente: ellas para ser contenidas por mi cuerpo y yo para vivir con ellas dentro.
Me quedo pensando… Quizá el silencio sea su mejor relato.


Rodolfo, Córdoba, 03 de enero de 2012.